Acerca de mí

Hola, mi nombre es Angela Sánchez Fernández y no puedo contarles acerca de mi historia sin hablarles de dibujos o animales, así que comenzaré.

Rebelde con causa

Con respecto a mi interés “artístico” siento que estuvo presente desde que tengo memoria, me gustaba bailar, escuchar música, cantar, tocar un mini pianito que me regalaron mis padres y luego un teclado para sacar de oído temas de película de ciencia ficción, dibujar, pegar papelitos o incluso recortar figuritas de los cubrecamas de mis padres ¡lo que obviamente iba con regaño incluido!.

En contra del deseo de mis padres de estudiar Ingeniería o por lo menos Arquitectura, me decidí por el Diseño motivada por la pintura hiperrealista de Claudio Bravo y los afiches publicitarios aerografiados de la época, así como por las primeras películas de animación que mezclaban lo digital (“Bernardo y Bianca en Cangurolandia”) y los cortos animados de una naciente Pixar. Ya tenía claro para dónde iría mi vida. Entonces tomé todos los electivos de dibujo e ilustración que había en la carrera, amé el ramo de cineanimación, me anoté en un par de capacitaciones en una empresa de animación y compré todos los materiales de dibujo y pintura habidos y por haber. De hecho, aún conservo mi aerógrafo guardado como un gran tesoro en su caja original.

primeras ilustraciones ©AngeSanchez

nuevas ilustraciones ©AngeSanchez

Al salir busqué práctica como ilustradora en agencias de publicidad y no me demoré mucho en encontrar, pero de ahí en adelante, durante los siguientes 20 años, mi vida sería el estrés, el correr contra el tiempo para terminar las campañas, el trabajar a veces hasta el otro día sin goce de pago por horas extras, etc. etc. Luego me independicé como diseñadora (angelkat) y aunque me iba bien, en un momento sentí que no era eso para lo que había entrado a estudiar diseño, estaba cansada de lo mismo. Pero el destino me puso en el camino la tremenda oportunidad de iniciar lo que hago hoy, con todos los sacrificios que eso ha significado, pero que me ha servido para rescatar los sueños de mi Ange interior, que se había mantenido viva bailando, cantando, tocando saxofón o haciendo deporte hasta ahora.

angelkat ©AngeSanchez

Amores perros

En mi época colegial recuerdo haber estado siempre rodeada de perros callejeros. Los llamaba, los buscaba; no podía evitar hacerles cariño y recuerdo también la frase de mis amigas y de mi madre: “¡Ya estás otra vez llamando a los perros, Ángela…! ¡Te van a llenar de pulgas!”. No me importaba.

mis perros

Después cuando tenía 8 años nos cambiamos de casa a una con un patio gigante –desde mi perspectiva infantil- y llegó mi primer perro: Terry, un perdiguero divertido y astuto. ¡¡Lo pasábamos tan bien con ese perrucito!! Éramos el uno para el otro, cada vez que yo llegaba del colegio salía a jugar con él, lo perseguía por toda la casa, lo asustaba, nos revolcábamos en el pasto felices y hasta en cuatro patas nos peleábamos una mantita que tenía de juego en casa.

Cuando salíamos a pasear hacíamos carreras, a veces yo me escondía y lo llamaba y cuando él me descubría yo salía arrancando con él pisándome los talones. Una vez incluso me defendió de un niño con el que me puse a pelear porque le estaba tirando piedras, pero el Terry le mordió los pantalones y lo tironeó para que me soltara, ¡estábamos los dos agarrados del pelo!

Luego el Terry enfermó de algo que el veterinario nos dijo que no tenía remedio (una malformación en su ano que no lo dejaba defecar). El pobre estaba pasándola realmente mal y tuvimos que sacrificarlo. Llamamos al vet a la casa y mi papá me preguntó si quería estar con él y yo muy segura le dije que sí, lo acompañé hasta que se durmió y su respiración se detuvo. Lloré muchísimo y soñé con él durante varios años.

Después vino el Jack a casa, pero no fue lo mismo; quizás me negué internamente a volver a conectar con ellos. Volví hacia mis perritos callejeros y los de otras casas, ¡incluso pasando sustos por tratar de tocarlos y ellos defendiendo la propiedad!

Comenzando la universidad conocí a los que llamé “perros amigos”: eran dos que vivían en una casa vecina y que no trataron de morderme, al contrario, fueron muy amables. Eran de tamaño mediano, con pelo corto, color café muy clarito y ojos muy amigables: eran Labradores, aunque no supe el nombre hasta mucho tiempo después, cuando comencé a investigar más sobre las razas de perro.

A los 32 años me fui a vivir en pareja a Los Ángeles y llegó a nosotros la Yanka, una perrita mezcla Rottweiler-Boxer de sólo 1 mes. Fue literalmente mi hija. Tuvo algunas camadas, pasó por una operación de la que se salvó milagrosamente y después de 4 años juntas tuvimos que separarnos porque me devolví a Santiago y acá no tenía lugar para criarla; quedó en un campo en el sur viviendo con mi ex pareja, feliz con muuuucho terreno para correr y muuuucho amor rodeándola. Alcancé a ir a verla una vez algunos años después; ella me reconoció y me emocioné hasta las lágrimas, fue increíble sentir todo el amor que me expresaba. Tiempo después le apareció un tumor enorme y dejó esta tierra el 2014, no pude despedirme de ella y hasta el día de hoy la extraño…

Junto con Yanka, criamos también a Chicharra, media hermana de Yanka por parte de papá y de una Cocker. Mi “Chicharrón” como le digo cariñosamente, se vino conmigo a Santiago y ella me acompaña en la actualidad. Con ella también viví una experiencia y aprendizaje fuerte: Yo amaba a los perros pero crecí con la información de que no tenían mayores sentimientos, sólo sensaciones como frío, hambre, calor, etc. las básicas de instinto y supervivencia. Cuando llegué de Los Angeles, estuve con Chicharra y mi madre durante 3 años, pero luego me cambié a un departamento y no pude llevarla, creí que estaría mejor acompañada de la perrita de mi madre (Goldie). Cada vez que visitaba esa casa, salía menos con ella o ya ni pasaba a verla al patio. Un día, después de casi 4 años de vivir fuera, pasé a ver a Chicharra y saludarla como si nada y su carita de pena, sus ojos caídos y llorosos me clavaron a fuego una lanza, aún los tengo muy vivos en mi recuerdo y desde ese día me juré no dejarla nunca más. Hice lo imposible por estar más con ella hasta que logré llevarla conmigo… hoy su carita definitivamente es otra.

goldie

¡Ah! Y Goldie, la perrita de mi madre que aceptó feliz a Chicharra cuando llegamos de Los Ángeles, también partió de viaje por el Universo y aunque tampoco me pude despedir de ella, sé que ya no sufre y cada tanto le hablo con el corazón…

Los gatos y yo

Desde niña estuve rodeada de animalitos y los primeros fueron los cuyis que llevó mi papá a casa cuando yo tenía 5 años. Eran tres enormes y simpáticos, Lola, Tricolor y el macho que no recuerdo cómo se llamaba. ¡Tuvimos hasta pollos! pero nada de gatos… para mí eran los seres más lejanos e incomprensibles que podían existir y en mi casa, ni hablar: nadie los quería, sólo los perros fueron siempre bienvenidos.

mis gatos

Cuando tenía 13 años recuerdo a mi hermano llegando escondido con una “cajita de gatos abandonados” y ahí estaba ella: la Minina, toda asustada y con hambre. Nos tocó el alma; le suplicamos a nuestro padre que nos dejara tenerla y después de mucho insistirle y de hacernos prometer que nosotros la cuidaríamos, aceptó… Y nos cambió la vida… A todos.

Ella era su regalona, incluso se turnaba para dormir con él o con alguno de nosotros (menos con mi madre, que sólo le conversaba “de lejitos” jajaja). Luego vino la Perla pero después las dos enfermaron de leucemia felina, tuvimos que sacrificarlas casi al mismo tiempo y me juré nunca más tener gatitos; sufrí demasiado.

Varios años después, el 2012, quise compartir nuevamente parte de mi vida con un gatito. Y un día caminando por Vicuña Mackenna, escuché un pequeño maullido desesperado: ahí estaba un negrito pequeñín que alguien había tirado a un costado de una construcción. Como nunca antes, me lancé a sacarlo de ahí y lo llevé a mi hogar, le di comida y leche ¡era tan pequeño! pero al ver que era macho, me asusté –el departamento no era mío y temí que marcara por todos lados aún después de esterilizarlo-. Lo fui a dejar a una casa donde jugaban unos niños…. Eso me pesó hasta el día de hoy. En compensación y para limpiar mi conciencia decidí adoptar un gatita y llegó Mandarina, que alcanzó a estar casi 4 años conmigo, pero un tumor en el pecho se la llevó al otro lado del arcoíris… Quizás fue por haber abandonado a gatotito negro, quizás sólo tenía que suceder así.

Con todas estas experiencias sólo me queda amar y cuidar a nuestros compañeros animales, ellos se merecen todo nuestro cariño y respeto, podemos darles mucho amor y ellos también a nosotros. Y son los que me inspiran cada día 🙂

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